Pepe y yo nos conocimos en un bar que se llama Ba­den, en un típico encuentro de pandillas que, sin conocerse de antes, empiezan a charlar. Yo estaba en primero de lo mío y él en cuarto de lo suyo. No empezamos de­prisa, no vayan a pensar que lo nues­­tro fue fulminante. Tardamos casi quin­­ce días en irnos a la cama, no les di­go más. Yo estaba bien con él. No era muy ab­sor­ben­te, ni demasiado posesi­vo. Y me gus­ta­ba que fuera un poquito mayor. Has­ta en­tonces sólo había estado con cria­jos. A Pe­pe le dió fuerte. Ya sa­ben, siem­pre hay uno que quiere y otro que se de­­ja. ¿Sa­­­ben el del hue­vo fri­to con to­ci­no, don­de la galli­na se con­cien­­cia y el ma­­rra­no se im­pli­ca? Pues Pepe se impli­caba. No ha­­bría­mos debido ser más que un ro­­llo de los que aca­­­ban cua­­n­­­do uno de los dos con­­si­gue traba­jo y conoce nueva gen­­te –an­da que no he visto ca­­­sos-, pero Pepe quería ser un glorio­so miem­­bro del Cuer­­po Su­­pe­­­­rior de In­­­­­­ge­nie­­­ros Agrónomos, lo que sig­nifica so­meterse a una opo­si­­­ción ho­­­rro­ro­sa. Le tum­ba­­­ron dos ve­­ces, pero él, hijo y nie­to de Ingeniero, no des­­fa­lle­cía. Me­jor di­cho, no de­­­­­ja­ba que se le no­­­­tase. Yo sí lo notaba, que por algo me traga­ba sus angus­tias y sus neuras. Le ha­bría de­bido plantar entonces, pe­­ro tam­­­­bién curra­ba lo mío, en quin­­­to y de beca­ria en IBM, de modo que no es­ta­ba pa­­ra cam­bios. De vez en cuan­do un ci­ne, una cena, un pol­vo y a em­­po­llar, co­­mo tan­­­tas y tantas parejas que dilapidan sus mejores años sin apenas advertirlo. Así lle­­­­­gó ju­nio de hace cuatro: con una diferencia de días él sacó la oposi­ción y yo aca­­­­bé la ca­rrera. El verano estaba encima y nosotros agotados. Exhaustos. Nada más nor­mal que nos dié­­ra­­­­mos un pre­mio. Mi papi, un sol, nos de­­­jó el Mon­deo y al­­­­­gu­nas pe­setas, y allá que nos fui­­mos a ver mun­do. Seis sema­­nas por Eu­ro­pa, jus­­titos de di­nero aunque con suficiente pa­ra no perdernos nada. Mucho bo­­­­­cata y mucho bed & break­fast, pe­­ro vi­mos Lak­­mé en la Ópe­ra de París y Parsifal en la de Ber­­­­lín ‑qué co­­­ña­zo, Par­sifal; como to­do lo ale­mán, no se aca­baba nunca-. Pe­pe dis­­fru­­ta con la cul­tura. Yo, como bue­na infor­má­tica, no. Me aburre. Lo que me gus­­ta­­­ba era pa­­tearme las ciu­­da­des. Las calles, las tien­das, los ba­res, los an­tros. La gen­­­­­­te. Pa­­rís, Bruselas, Ams­terdam, Ber­lín, Viena, Ve­necia, Flo­rencia... qué les voy a contar. Lo pa­samos tan bien, fui­mos tan fe­lices, que nada más volver nos dió el yu­­­yu. Te­ní­a­mos dón­­de vivir ‑mi madre tenía en alquiler un ado­­sa­­do en Ma­­­­ja­­­da­honda y nos lo cedió por lo que pudiéra­mos pa­gar‑. Con cu­rro, los dos. Yo, en una mul­ti­na­­cio­nal que una vez fue gran­de, luego an­duvo cerca de petar y aho­ra sobre­vive con más pena que gloria. Él, en la Jun­­ta de Co­mu­­­nidades de Cas­ti­­­­­lla-La Man­cha; cada día ciento sesenta kiló­me­tros entre ir y vol­ver. Yo, una hora de tren hasta el Parque de las Nacio­nes. Él so­lía lle­gar a las tantas y yo más tarde, que las mul­­ti­­na­cionales aprietan y abrir­se cami­no en la mía no era pa­ra sa­­lir a las cin­co. Así pa­só, que a los pocos me­ses yo ya estaba en si quieres un congelado al mi­­cro­on­das te lo haces tú, si prefieres otra cosa véte al VIPS, o a donde te dé la gana, y no dés más la lata. La vida, ya lo ven, se nos echaba encima. Por si fuera po­co empecé a via­jar. La com­­pa­ñía tiene un cen­­tro de reunio­nes cer­ca de Niza, un lu­gar di­vino pa­­ra cur­sos y seminarios. En uno cono­­cí un da­nés que no estaba mal. Tan nada ma­l que al segun­­­do día, y tras pa­sear un ratito por la delicia de Saint Paul de Ven­­­­ce, me lo ti­­ré. No fue un idilio. Só­lo un polvo. Él te­nía su rollo allá en Roskilde y yo mi Pepe acá en Ma­ja­da­hon­da. Un Pe­pe que ca­da día era me­nos Mi Pe­pe. No se lo con­­­­té. Ton­terías, las me­nos, que si hay un vi­cio tonto, una mal­for­ma­ción del in­te­lec­­to, es la sin­ceridad, aun­­que a par­tir de ahí lo nues­tro entró en ba­­rrena. Él se sen­tía in­­se­­­gu­­ro, y no só­­­lo de mí. Es un hom­­­bre idea­lista, concien­­­cia­­do, tan com­­pro­­­me­­tido que algu­na vez se plan­­­teaba ir­se por ahí en plan Capullos sin Fron­te­ras. Yo... qué quieren que les di­­ga. Me gus­­­ta mi tra­bajo, lucho con dure­za por abrirme cami­­no, si al­guien se cru­za por en me­dio me lo llevo por delante, y por lo de­­más ado­­­ro ga­nar mu­cho di­­­ne­ro y gas­tár­­me­­lo en lo que me dé la gana, sin dar ex­plicacio­­nes. A él tenía que dárselas, por­que habíamos cometido la in­­sensatez de ha­cer caja co­mún. Si seguía­mos juntos era por inercia, por la pereza que da el pri­mer divorcio, aceptar que te has equivo­cado, que has metido la pata. La vida se transforma en un malestar in­de­finible, an­gustioso, aunque con altibajos. Eso ha­ce que se prolongue hasta que ya no pue­des más, hasta que ya odias al otro, y ahí puede ser hasta peor, por­que al tiempo sue­le suce­der que te ha pre­ñado. A las pa­rejas con suerte, como no­so­tros, les alcan­za un acon­­tecimiento que pone fin a to­­do cuan­do só­lo se detestan un poquito. El nues­­tro fue vulgar. El pobre bo­bo se me arran­ca un día con que quie­re un hi­­jo, que deje mi trabajo y me va­­ya con él a uno ma­­ra­vi­llo­­so que le aca­ban de ofre­cer, de inserción de negra­tas a través de una coo­pe­ra­ti­va de in­ver­­­na­deros que dirigiría él por cuen­ta de la Junta de An­da­lu­cía. Recuerdo que me le que­­dé mi­ran­do, tan ojo­plá­tica como jamás en mi vida.

-Mira, Gandhi –lo menos hiriente que se me ocurrió‑, tú necesitas una Madre Teresa, no una despiadada ejecutiva. En mi mundo, el de la gente que gana dinero, tener un niño antes del A-6 es un síntoma de cretinismo. No pienso renunciar a mi carrera porque te hayas pues­to ñoño y quieras descendencia. Desde ahí, tú mismo, aun­que lo razonable será ser mayores, aceptar que lo nuestro no marcha y quedar de­­­­cen­temente, tú con tus delirios y yo con los míos. ¿Qué tal?

Mal, como habrán imaginado. Aquello tu­vo lugar en sábado, según comíamos, y sobre la mar­cha decidí no dejar­le recurrir. En cosa de minutos, mientras él me mi­raba negándose a enten­der, hice una maleta con lo que nece­si­taría en dos se­ma­­­­nas, y una vez en mis vaqueros, con las llaves del Mon­­deo en la mano–a par­­­tir del lunes te vas a Tole­do en tren, so huevón-, le dije, tan fríamente como pu­­­­­­de ‑pue­­­do ser exquisitamente fría; un don de agra­de­cer, como ve­rán más abajo-, que la casa era de mi madre y que antes de una se­ma­na la quería ver vacía. Gracias a mamá, que es de la Cer­da­nya –de ahí me vienen los genes prácticos-, nos ha­bía­­mos casado a la catala­na, en separación de bienes, por lo que só­lo ca­­bría discutir por algún regalo de bo­da. Que se lo pensara, le dije también. Mejor acabar así, por lo civili­zado y sin ha­ber­nos llega­do a odiar, que al cabo de unos me­ses en el cuar­­­te­­lillo de la Guardia Civil. No se opuso, ni mon­tó ninguna esce­na. Como si le hu­­bie­­se atropellado un camión, o eso pen­sé yo, que igual no, pues a los seis me­ses andaba en Adra con una en­­­tomóloga cu­licaída, peliteñida y muy poquita cosa. Po­­bre mío, que ni siquie­ra llegué a olvi­dar­le. Sim­ple­­men­te, le desinsta­lé.

Desde aquel día en que agarré la puerta y me largué, hasta este de hoy en que me desahogo en mi laptop, han pasado tres años, dos ascensos, un A-4 y he perdido la cuenta de los hom­­­bres. Tenía nece­sidad de ponerme al día, porque tantos años de fidelidad malsana terminan por abu­rrir, sobre todo si a una se le po­nen los caballeros tan a tiro co­mo se me po­­nen a mí. A menu­do se ha tratado de una do­ble funcio­nalidad, si no un hacer de la necesidad virtud. La venta de productos y servicios infor­­máticos es al­go su­ma­­mente disputado, muy reñido, y por desgra­cia ni defien­do los mejo­­­res servicios ni los mejores productos. Ahora, defien­­­do el mejor polvo. Mis co­­­le­gas de la Competencia se afanan co­mo locos en ela­­borar sus impresionantes pro­pues­­­tas, las mismas que a menudo evaluamos el clien­te y servidora sentados en mi ca­­ma, muertos de risa y sin sentir con­miseración alguna por esos pobres desgraciados. Ahora voy a Philadel­­phia para entre­vistarme con un vice­presidente del que de­pen­de me asignen un puestazo en la central. No le co­­nozco, aunque me han pre­­pa­rado el terreno. Ignoro qué pa­sa­rá, pero no me qui­­­ta el sue­ño. En España to­do me va bien, de modo que si no sale pues no ha pasa­­­do na­da. Lo que sí pa­sará es que tras la en­trevista, y sus posib­les prórrogas, pien­­­so pasarme una semana en NYC de ver­dadero vicio, comprando lo que me ape­­­tezca, vien­do lo que me­rezca la pe­na y, de momento, sin tíos que me abu­rran. Se­­rán unas va­caciones pa­­ra mí, só­­lo para mí, y les aseguro que las voy a dis­frutar.

Ni es un mal presente ni un mal porvenir, ¿verdad? Pues anoche an­duvieron cer­ca de irse al carajo. Era eso de lo que yo que­ría charrar, pero estoy nerviosa, y de ahí que me haya ido por los Cerros de Úbeda. Com­prendan mi de­sa­zón: una vi­da como la mía y por el canto de un duro no me quedo sin ella. Verán:

© Anna Wohlgeschaffen